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La estructuración de la personalidad, ello yo y superyo

Posted on 18 July 2011 by intraemprendedor

Para describir la estructura de la personalidad, Freud desarrollò una amplia teoría; ésta sostiene que la personalidad la integran tres componentes distintos que interactúan entre sí: el ello, el yo y el superyo. Estos representan aspectos de un modelo general de la personalidad, valioso para describir la interacción de los diversos procesos y fuerzas internas de la personalidad del individuo y que motivan su comportamiento.

Si a la personalidad solo la impulsaran deseos y anhelos primitivos e instintivos, tendría un componente: el ello. Es la parte primitiva, desorganizada y heredada de la personalidad cuyo objetivo es la reducción de la tensión generada por pulsiones relacionadas con el hambre, el sexo, la agresividad y los impulsos irracionales. Al ello lo sustenta el principio del placer, que impulsa a la reducción inmediata de la tensión y busca alcanzar el máximo de satisfacción.

La realidad contiene los impulsos del ello. El mundo físico o moral determina restricciones.  El yo amortigua las relaciones entre el ellos y las realidades objetivas del mundo exterior. El yo es el “ejecutivo” en cierta forma, de la personalidad: toma decisiones, controla las acciones y permite el pensamiento y la solución de problemas de orden superior a los del ello. Al mismo tiempo, el yo es el asiento de las capacidades cognitivas superiores, como la inteligencia, la reflexión, el razonamiento y el aprendizaje.

El superyó es un aspecto de la personalidad que se desarrolla en último término, representa lo que se debe y lo que no se debe hacer en sociedad tal como los transmiten los padres, maestros y otras figuras importantes. Se integra a la personalidad en la infancia cuando se aprende a distinguir el bien del mal y continúa desarrollándose conforme las personas incorporan a sus propios patrones los principios morales de la sociedad que los rige.

Al superyó lo constituyen la conciencia y el yo ideal. La conciencia nos impide realizar acciones que infringen la moral; el yo ideal nos motiva a realizar el bien que indica la moral social. El superyó ayuda a controlar los impulsos provenientes del ello, haciéndolos menos egoístas y más virtuosos.

A pesar de que en apariencia el superyó parece ser contrario al ello, ambos componentes de la personalidad comparten una característica importante: los dos son poco realistas en el sentido de que no toman en cuenta las prácticas objetivas impuestas por la sociedad. El superyó incita a la persona hacia una mayor virtud; si no se le controlara generaría seres perfeccionistas incapaces de asumir los compromisos que implica la vida. De modo similar, un ello sin restricciones generaría un individuo primitivo y desconsiderado que  sólo tendiera al placer.

El yo tiene que equilibrar, mediante concesiones, las exigencias del superyó y del ello, permitiéndole a una persona la obtención de parte de la gratificación que persigue el ello, al tiempo que impide que el moralista superyó se oponga al logro de dicha gratificación.

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